 Emilio J. Zegrí Boada. Abogado penalista. Profesor IL3 U.B. Zegrí+ de Olivar + Ráfales Abogados Penalistas
Resulta extraño que la oratoria no figure como asignatura en las carreras jurídicas. Carece de sentido que los abogados, profesionales contratados por los ciudadanos para defender sus derechos por medio de la palabra, seamos inexpertos en el uso de la voz, la retórica, la psicología de la persuasión, la argumentación, el lenguaje del cuerpo y las figuras de las palabras y del pensamiento que acompañan a la emoción. Tampoco estudian esta asignatura, al parecer, los políticos en su mayoría, lo que resulta evidente con solo escucharles. Ni siquiera se suele cursar durante la enseñanza secundaria el arte de hablar en público, a pesar de que la verbal es la forma de comunicación más frecuente entre los seres humanos. Durante el Imperio Romano, la enseñanza de la retórica era disciplina central en el sistema educativo de la juventud. Se pretendía con su estudio dar a los jóvenes una base ética y una educación moral que les inculcara las virtudes de la entereza, la justicia y la prudencia. ¿Por qué se asocia la oratoria a la entereza? Porque quien aprende a superar el miedo que produce hablar en público “y sabe domeñar su fiereza soberana” (son palabras de Maura en su discurso de recepción en la Academia de la Lengua) adquiere fuerza de carácter, templanza y coraje. ¿Por qué se asocia la enseñanza de nuestra asignatura a la cultura? Dice Cicerón que ninguno debe pretender ser orador si no ha aprendido antes todo lo que merece ser conocido en la naturaleza y en el arte, pues la profesión de orador consiste en hablar bien de cualquier asunto que se le presente y sin el conocimiento por una parte de la filosofía y, por otra, del asunto de que se trata, la elocuencia no es más que un conjunto de impertinencias pueriles. ¿Y la ética, la justicia y la prudencia? Platón planteó la conexión entre ética y retórica. Otros autores, como González Bedoya, opinan que el resurgir del estudio de la palabra y la argumentación es propio de las sociedades democráticas y abiertas en las que existe la idea de que la verdad puede surgir del contraste de pareceres y de la discusión civilizada. Por el contrario, la retórica suele ser olvidada en épocas dominadas por el dogma, en las que preponderan oscurantismo y autoritarismo. Dejemos, por último, con la palabra en la boca a quienes arrojan mala fama sobre el arte de hablar en público, intentando convencernos de que el orador hábil es una especie de charlatán que tiende a engañar, enredar o defraudar al prójimo. Aquí cabe citar a San Agustín quien decía que si la retórica es el arte de la persuasión, tanto de la verdad como de la mentira, nadie debe osar afirmar que la verdad debe permanecer inerme frente a la falsedad, sin beneficiarse de la técnica. ¿Por qué los buenos –añadía- no se dedican a aprender la retórica poniendo su conocimiento al servicio de la verdad? ¿Sólo porque los malos la emplean para defender causas vanas y perversas? A quienes nos dedicamos a exponer la bondad del derecho ajeno nos resulta extraordinariamente útil haber aprendido a reflexionar, criticar y disponer con estrategia y convicción el material que vamos a desplegar en defensa de nuestras tesis, cuando estamos preparando una defensa. Dicha criba nos ayuda muchas veces a darnos cuenta de la oportunidad y prudencia de nuestra argumentación, en ocasiones nos revela que estamos equivocados y nos lleva a replantear el asunto desde el principio. El estudio de la oratoria puede, pues, añadir a las anteriores virtudes, el cultivo de la sabiduría.
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