 En los últimos meses he podido comprobar en la prensa di-versas opiniones sobre las intervenciones policiales que en relación con los denominados "Top Manta" se han realizado. Salvo escasos supuestos, las reacciones del consumidor de música suelen plantear el conflicto en los clásicos y cansinos términos "empresario abusón contra sufrido consumidor" o "empresario abusón contra emigrante que se busca la vida", resultando que así, más o menos se justifica la existencia de la piratería y,de paso, la de compradores. La industria fonográfica puede tener muchos defectos, sus productos pueden ser costosos, el emigrante tiene derecho a ganarse la vida y el consumidor derecho a acceder a un bien cultural como es la música. Esto está bien. Pero no debemos confundir las cosas.
Nuestra legislación ya tiene en cuenta el equilibrio necesario entre el acceso a la cultura y el derecho a crear y producir cultura, y por eso la ley de propiedad intelectual tiene un ámbito objetivo bien delimitado y unos límites o excepciones bastante precisas. Por ello, lo que no se puede permitir es que nadie se lucre a costa de la actividad creadora de los autores, el trabajo de los artistas y la iniciativa empresarial de los productores. Eso hay que perseguirlo y reprimirlo a toda costa.
Por si alguien no lo sabe, aunque un disco pirata cueste en la calle tres veces menos que uno lícito, el margen de beneficio que obtiene el pirata es muy superior al que obtiene el productor musical. El productor monta una empresa y arriesga en ella, invierte en tecnología y en otros bienes, tiene que seleccionar temas musicales y elegir intérpretes, confeccionar un disco, idear unas artes, promocionar el resultado a base de bien y luego hacer miles de copias. Por fin, además del beneficio de la productora, deben tenerse en cuenta el margen para distribuidoras y puntos de venta. Y así, al final del año, de cada diez discos el productor ha ganado dinero en uno, se ha quedado igual en cinco y ha perdido en cuatro. Es el riesgo. Si es hábil, ganará más que perderá y mantendrá su empresa. Si no, cerrará.
Por el contrario, el pirata espera para comprobar qué disco de entre los que lanza una productora es el de éxito (y sólo ese), para copiarlo. Parasita todo el trabajo de creadores y artistas, aprovecha la promoción invertida por el productor, se olvida de márgenes y lanza su disco. Su inversión empresarial ha sido la de comprar unas cuantas duplicadoras, una mochila y un par de mantas. Sus beneficios, libres de impuestos. Claro, así cualquiera. La piratería musical no puede tomarse frívolamente, afecta a miles de puestos de trabajo, a una fuente de riqueza importante y a un bien cultural escaso. El debate en verdad debe plantearse en términos de "acabar con la piratería o acabar con la producción musical". Más de 2000 detenidos, millones de discos aprehendidos y miles de intervenciones policiales realizadas el pasado año contra una actividad que aumenta un 15% cada año, son datos que deben asustarnos.
La piratería no es sólo cosa de piratas (duplicadores, manteros y mochileros), la piratería también es culpa de quienes, conociendo la tela, facilitan los medios para reproducir, dejan que en sus comercios se distribuyan copias falsas y, por supuesto y sobre todo, de quienes compran. Deberíamos tener muy en cuenta iniciativas como la italiana (país en el que la piratería afecta al 40% de sus ventas), en el que por Decreto de 8 de mayo de 2003 se han decidido a multar también a los compradores de discos pirata. DR. MARIO A. SOL MUNTAÑOLA Sol Muntañola & Asociados
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